Troto
Pablo Romero Parada
Recuerdo que había un campo verde y que yo quería ser amigo de Daniel. Jugábamos con pistolas de agua y yo estaba medio triste porque él se cambiaba de colegio. Debo decir que Daniel me parecía un niño muy atractivo. El más atractivo. Y que todavía a día de hoy sigo prejuzgando mucho a los chicos por su apariencia. Más adelante, fui a jugar con los juguetes de otro amigo mío a su casa. Tenía el "pinypon" y un montón más. Yo lo envidiaba por ello. Me encantaba su casa. Era como hecha para los niños, al contrario que la mía que era de una estética mucho más clásica. Como de viejos nostálgicos. La casa de Danie era más alegre.
Lo recuerdo con ternura. También tenía un ajedrez del señor de los anillos. En mi casa clásica jamás compraríamos algo así “no hay como lo de toda la vida” o “ no hay quien distinga las figuras”. En realidad no es tan complicado. Era un ajedrez precioso. Muy, pero que muy realista. Lo tenían decorando el salón. Por aquella época mucha gente decoraba así sus salones, le daba un aire de intelectualidad.
Ese día, alejado de mis padres, me sentí plenamente un niño. Libre. Podía ser yo mismo. Jugar como a mí me gustaba jugar y enamorarme aunque fuese de niños. Por aquella época también andaba muy enamorado de una niña llamada Carolina por la que andaba colado gran parte de la clase. Ella se parecía a los niños y sospecho que por eso nos gustaba tanto. Muchos años después me hablaron de ella y resulta que durante la adolescencia se había echado novia. Esos fueron mis primeros enamoramientos, ambos trágicos.
Durante mi infancia fui muy enamoradizo y la masturbación llegó poco después. En el colegio Eirís me enamoré de otros tres niños, y la primera niña llegó a eso de los once años. Aquellos chicos eran mis amigos. Durante esos enamoramientos yo era yo. Más adelante, tuve otros muchos amigos y debo decir que he estado enamorado de todos ellos. Nunca hubo deseo sexual pero sí estaba enamorado. El objeto de mis obsesiones masturbatorias siempre fueron las mujeres. Siempre fueron mi objeto de deseo. Pero amar como tal sobre todo lo hice hacia mis amigos. Y las mujeres a las que amé las amé porque en verdad eran también amigas mías. Eran de los míos. Hubo mujeres que parecían hombres, que fueron de las que más me enamoré. Casi no me he enamorado de mujeres que parecían mujeres. Aunque sí me he enamorado de hombres que parecían mujeres, y a raíz de eso pude entender a las mujeres también. Creo que somos un mezcladillo de todo.
Cuando yo he sido yo ha sido siempre gracias al acto amoroso. Sea en mi trabajo o en mis idealizaciones románticas, siempre ha habido acto amoroso. Incluso cuando era un amor violento. Pero la violencia no merece la pena, eso solo es control y miedo, lo cual es muy humano pero es una incomodidad. No veo hasta que punto uno puede alcanzar el éxito dejándose guiar por el control y el odio. Mi abuelo solía decir que el éxito viene del trabajo duro pero su éxito vino de hacerse amigo de los millonarios y cuando consiguió algo de pasta no volvió a trabajar. Mi otro abuelo fue marinero y nunca me dijo ninguna de esas mierdas.
En casa yo callaba. Tenía miedo de que si no callaba me rechazaran. Tenía miedo que no me pagaran la carrera o que me echaran de casa. Tenía miedo de que me echaran por inútil. Paradójicamente terminé por huir. Así perdí el miedo a que me echaran, huyendo. Es una salida. No es del todo mala. Lo terrible de las relaciones no es cuando no son correspondidas sino cuando sí lo son y en apariencia son saludables.
Las formas de violencia son sutilísimas e incluso invisibles para el actor de dichas violencias. De hecho, el violento suele ser el último en captarlas. Yo no paro de machacarme y acometer actos de violencia hacia mí mismo y ni cuenta me doy. No paro de hablarme mal y machacarme. De decirme que valgo una puta mierda. Si solo pudiese volver a ese campo, y a mi amigo Dani,y a mi homosexualidad infantil de pistolas de juguete. Tal vez podríamos jugar al ajedrez del señor de los anillos y chuparnos las pollas infantes para luego reír y comer macarrones con queso. Luego dibujar algo y nunca ir a la escuela. Jamás ir a la escuela. Y de ir, que nos valiesen verga las notas y los exámenes.
Lo recuerdo con ternura. También tenía un ajedrez del señor de los anillos. En mi casa clásica jamás compraríamos algo así “no hay como lo de toda la vida” o “ no hay quien distinga las figuras”. En realidad no es tan complicado. Era un ajedrez precioso. Muy, pero que muy realista. Lo tenían decorando el salón. Por aquella época mucha gente decoraba así sus salones, le daba un aire de intelectualidad.
Ese día, alejado de mis padres, me sentí plenamente un niño. Libre. Podía ser yo mismo. Jugar como a mí me gustaba jugar y enamorarme aunque fuese de niños. Por aquella época también andaba muy enamorado de una niña llamada Carolina por la que andaba colado gran parte de la clase. Ella se parecía a los niños y sospecho que por eso nos gustaba tanto. Muchos años después me hablaron de ella y resulta que durante la adolescencia se había echado novia. Esos fueron mis primeros enamoramientos, ambos trágicos.
Durante mi infancia fui muy enamoradizo y la masturbación llegó poco después. En el colegio Eirís me enamoré de otros tres niños, y la primera niña llegó a eso de los once años. Aquellos chicos eran mis amigos. Durante esos enamoramientos yo era yo. Más adelante, tuve otros muchos amigos y debo decir que he estado enamorado de todos ellos. Nunca hubo deseo sexual pero sí estaba enamorado. El objeto de mis obsesiones masturbatorias siempre fueron las mujeres. Siempre fueron mi objeto de deseo. Pero amar como tal sobre todo lo hice hacia mis amigos. Y las mujeres a las que amé las amé porque en verdad eran también amigas mías. Eran de los míos. Hubo mujeres que parecían hombres, que fueron de las que más me enamoré. Casi no me he enamorado de mujeres que parecían mujeres. Aunque sí me he enamorado de hombres que parecían mujeres, y a raíz de eso pude entender a las mujeres también. Creo que somos un mezcladillo de todo.
Cuando yo he sido yo ha sido siempre gracias al acto amoroso. Sea en mi trabajo o en mis idealizaciones románticas, siempre ha habido acto amoroso. Incluso cuando era un amor violento. Pero la violencia no merece la pena, eso solo es control y miedo, lo cual es muy humano pero es una incomodidad. No veo hasta que punto uno puede alcanzar el éxito dejándose guiar por el control y el odio. Mi abuelo solía decir que el éxito viene del trabajo duro pero su éxito vino de hacerse amigo de los millonarios y cuando consiguió algo de pasta no volvió a trabajar. Mi otro abuelo fue marinero y nunca me dijo ninguna de esas mierdas.
En casa yo callaba. Tenía miedo de que si no callaba me rechazaran. Tenía miedo que no me pagaran la carrera o que me echaran de casa. Tenía miedo de que me echaran por inútil. Paradójicamente terminé por huir. Así perdí el miedo a que me echaran, huyendo. Es una salida. No es del todo mala. Lo terrible de las relaciones no es cuando no son correspondidas sino cuando sí lo son y en apariencia son saludables.
Las formas de violencia son sutilísimas e incluso invisibles para el actor de dichas violencias. De hecho, el violento suele ser el último en captarlas. Yo no paro de machacarme y acometer actos de violencia hacia mí mismo y ni cuenta me doy. No paro de hablarme mal y machacarme. De decirme que valgo una puta mierda. Si solo pudiese volver a ese campo, y a mi amigo Dani,y a mi homosexualidad infantil de pistolas de juguete. Tal vez podríamos jugar al ajedrez del señor de los anillos y chuparnos las pollas infantes para luego reír y comer macarrones con queso. Luego dibujar algo y nunca ir a la escuela. Jamás ir a la escuela. Y de ir, que nos valiesen verga las notas y los exámenes.
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