Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
A ustedes, que escriben en el umbral,
ni del todo dentro ni completamente afuera,
como si la palabra fuera una puerta entreabierta
y el mundo esperara del otro lado, descalzo.
Ustedes, que convierten el teclado en latido
y el silencio en materia prima.
Que no piden permiso para sentir demasiado,
ni disculpas por nombrar lo que arde.
Poetizas del portal:
custodian el tránsito entre la herida y la luz.
Publican un verso y abren un pasadizo.
Alguien, en otra ciudad, en otra noche,
lee y respira distinto.
No escriben para gustar.
Escriben para existir.
Para que la tristeza no sea un cuarto cerrado,
para que el deseo tenga ortografía,
para que el amor —cuando fracasa—
no quede mudo.
Son alquimistas de lo cotidiano:
convierten el café frío en metáfora,
la espera en arquitectura,
la despedida en un pájaro que aprende a volar solo.
No subestimen su fuego.
Cada poema es una lámpara en medio del ruido,
una pequeña rebelión contra el olvido.
Mientras el mundo corre, ustedes detienen el pulso
y dicen:
“mira, esto también importa”.
Y sí, a veces dudan.
A veces creen que escriben al vacío.
Pero el vacío también escucha.
Y siempre hay alguien que se salva
porque una de ustedes decidió no callar.
Sigan.
Sigan abriendo portales.
Sigan escribiendo como si la noche dependiera de ello.
Porque en algún rincón del mundo
una mujer se está reconociendo en su verso
y está aprendiendo, por fin,
a nombrarse.
ni del todo dentro ni completamente afuera,
como si la palabra fuera una puerta entreabierta
y el mundo esperara del otro lado, descalzo.
Ustedes, que convierten el teclado en latido
y el silencio en materia prima.
Que no piden permiso para sentir demasiado,
ni disculpas por nombrar lo que arde.
Poetizas del portal:
custodian el tránsito entre la herida y la luz.
Publican un verso y abren un pasadizo.
Alguien, en otra ciudad, en otra noche,
lee y respira distinto.
No escriben para gustar.
Escriben para existir.
Para que la tristeza no sea un cuarto cerrado,
para que el deseo tenga ortografía,
para que el amor —cuando fracasa—
no quede mudo.
Son alquimistas de lo cotidiano:
convierten el café frío en metáfora,
la espera en arquitectura,
la despedida en un pájaro que aprende a volar solo.
No subestimen su fuego.
Cada poema es una lámpara en medio del ruido,
una pequeña rebelión contra el olvido.
Mientras el mundo corre, ustedes detienen el pulso
y dicen:
“mira, esto también importa”.
Y sí, a veces dudan.
A veces creen que escriben al vacío.
Pero el vacío también escucha.
Y siempre hay alguien que se salva
porque una de ustedes decidió no callar.
Sigan.
Sigan abriendo portales.
Sigan escribiendo como si la noche dependiera de ello.
Porque en algún rincón del mundo
una mujer se está reconociendo en su verso
y está aprendiendo, por fin,
a nombrarse.