[center:6b12a41391] Se reclinó sobre su sillón de cuero negro. Miraba fijamente la ventana.
Esa sombra la acomplejaba. Sí. Esa sombra que cubría el vasto paisaje de su jardín, que oscurecía las gardenias y jazminez; y hacía dormir a los girasoles del ricón. Esa sombra tan bruna, que erradicaba la lozana fecundidad de la tierra, que acogía las raíces de tantas plantas.
No sabía como eliminarla. Era la sombra.
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Bajo el limonero, tomó el libro, mientras reposaba su espalda sobre la silla de madera. Ojeaba los capítulos de la novela, y vislumbraba entre sangrías y párrafos grandes vestidos, crucifijos, feudos, y todo un castillo medieval (que parecía tener varios pisos y calabozos), que encantaba una tragedia irremediable de dragones, caballeros y princesas que enviudaban, y de luto refugiaban sus penas.
El aroma de las rosas invadía lentamente su nariz; así como la tempranera luz del Febo, vislumbraba por sobre la cerca blanca, jugando en sus ojos un recurrente son de lucen y colores.
Era el día que llegaba a su noche. Aquella que contemplaba en la ventana.
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El jardín estaba nuevamente cubierto por la noche. Y a pesar de la difusa luz, fiel reflejo del Sol, sus flores seguían cubiertas, inoloras y dormidas.
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<< Es a la noche el día>> se dijo a sí misma. Es la noche, que apaga la vivacidad del fuego del ventanal, la que deviene en nueva luz; la aunque difusa, duerme los girasoles, para luego despertar en el súbito arrebato del perfume de las rosas, y el jugueteo de los rayos.
<<A la noche, el Día y la Luna>> pensó. <<Noche no eres noche, sino que un día oscuro>>[/center:6b12a41391]
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Esa sombra la acomplejaba. Sí. Esa sombra que cubría el vasto paisaje de su jardín, que oscurecía las gardenias y jazminez; y hacía dormir a los girasoles del ricón. Esa sombra tan bruna, que erradicaba la lozana fecundidad de la tierra, que acogía las raíces de tantas plantas.
No sabía como eliminarla. Era la sombra.
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Bajo el limonero, tomó el libro, mientras reposaba su espalda sobre la silla de madera. Ojeaba los capítulos de la novela, y vislumbraba entre sangrías y párrafos grandes vestidos, crucifijos, feudos, y todo un castillo medieval (que parecía tener varios pisos y calabozos), que encantaba una tragedia irremediable de dragones, caballeros y princesas que enviudaban, y de luto refugiaban sus penas.
El aroma de las rosas invadía lentamente su nariz; así como la tempranera luz del Febo, vislumbraba por sobre la cerca blanca, jugando en sus ojos un recurrente son de lucen y colores.
Era el día que llegaba a su noche. Aquella que contemplaba en la ventana.
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El jardín estaba nuevamente cubierto por la noche. Y a pesar de la difusa luz, fiel reflejo del Sol, sus flores seguían cubiertas, inoloras y dormidas.
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<< Es a la noche el día>> se dijo a sí misma. Es la noche, que apaga la vivacidad del fuego del ventanal, la que deviene en nueva luz; la aunque difusa, duerme los girasoles, para luego despertar en el súbito arrebato del perfume de las rosas, y el jugueteo de los rayos.
<<A la noche, el Día y la Luna>> pensó. <<Noche no eres noche, sino que un día oscuro>>[/center:6b12a41391]
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