Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Tú estabas junto a la ventana
mirando la lluvia.
No la lluvia de verdad,
sino esa otra que parece caer
solo para que alguien la mire.
Yo fingía leer.
Las páginas pasaban lentamente,
aunque juraría que el libro
tenía siempre la misma página abierta.
Entonces pensé en aquel.
No porque hubiera entrado.
Las puertas no se abrieron,
nadie movió la silla vacía.
Pero ya sabes cómo es esto:
a veces alguien aparece
cuando el silencio cambia ligeramente de forma.
Tú hablabas de cosas pequeñas —
el café demasiado amargo,
el sueño que olvidaste al despertar,
una calle que ya no existe.
Yo asentía.
Y mientras tanto
aquel miraba tus manos.
No tus manos de ahora,
sino las otras,
las que tal vez tendrás mañana
o las que dejaste olvidadas
en alguna tarde que todavía no ocurre.
Pensé en decirte algo.
Decirte:
hay alguien sentado entre nosotros.
Pero entonces pasó algo extraño.
Tu taza se movió apenas
sin que nadie la tocara.
La lluvia dejó de caer un segundo.
Y tú, sin mirarme, dijiste:
—¿También lo ves?
No supe qué responder.
Porque en ese momento
la silla vacía
ya no estaba vacía.
mirando la lluvia.
No la lluvia de verdad,
sino esa otra que parece caer
solo para que alguien la mire.
Yo fingía leer.
Las páginas pasaban lentamente,
aunque juraría que el libro
tenía siempre la misma página abierta.
Entonces pensé en aquel.
No porque hubiera entrado.
Las puertas no se abrieron,
nadie movió la silla vacía.
Pero ya sabes cómo es esto:
a veces alguien aparece
cuando el silencio cambia ligeramente de forma.
Tú hablabas de cosas pequeñas —
el café demasiado amargo,
el sueño que olvidaste al despertar,
una calle que ya no existe.
Yo asentía.
Y mientras tanto
aquel miraba tus manos.
No tus manos de ahora,
sino las otras,
las que tal vez tendrás mañana
o las que dejaste olvidadas
en alguna tarde que todavía no ocurre.
Pensé en decirte algo.
Decirte:
hay alguien sentado entre nosotros.
Pero entonces pasó algo extraño.
Tu taza se movió apenas
sin que nadie la tocara.
La lluvia dejó de caer un segundo.
Y tú, sin mirarme, dijiste:
—¿También lo ves?
No supe qué responder.
Porque en ese momento
la silla vacía
ya no estaba vacía.