Aquí, con la arena vibrando en mis pies,
viendo el mar, al fin, escuché su latir;
apenas arribo y ya debo partir
¡Mi Dios! Acurruca mi alma otra vez.
Naufragué, lo sé, por la azul soledad
apenas mojando mi suave palmo
del océano salado y calmo,
anclado a su incierta y cómoda crueldad
que uñas...