Si la Navidad viviera todo el año,
no sería una fiesta, ni un instante,sería una forma humilde de mirarnos,
un modo de entendernos… más constante.No hablaríamos de paz como promesa,
sino como deber de cada día:
no esperaríamos milagros desde fuera,
sabríamos que el milagro nace en vida.
sino como deber de cada día:
no esperaríamos milagros desde fuera,
sabríamos que el milagro nace en vida.
Comprenderíamos, tal vez, que la ternura
no es debilidad, ni fuga, ni consuelo,
sino la fortaleza silenciosa
de quien elige amar… aun con desvelo.
sino la fortaleza silenciosa
de quien elige amar… aun con desvelo.
Si la Navidad no fuese calendario,
veríamos que el hombre se sostiene
no por lo que recibe y lo celebra,
sino por lo que entrega y lo mantiene.
veríamos que el hombre se sostiene
no por lo que recibe y lo celebra,
sino por lo que entrega y lo mantiene.
Entonces descubriríamos, quizá,
que el mundo no es más frío por destino,
sino porque olvidamos cada día
la llama que llevamos desde niños.
que el mundo no es más frío por destino,
sino porque olvidamos cada día
la llama que llevamos desde niños.
Si la Navidad durara eternamente,
no habría un “tiempo santo” y “tiempo oscuro”:
habría una conciencia más despierta,
más responsable, más humana, más seguro.
no habría un “tiempo santo” y “tiempo oscuro”:
habría una conciencia más despierta,
más responsable, más humana, más seguro.
Y entenderíamos, por fin, despacio,
que el amor no es regalo ni promesa,
sino un trabajo diario con el alma…
una victoria íntima… sobre la tristeza.
que el amor no es regalo ni promesa,
sino un trabajo diario con el alma…
una victoria íntima… sobre la tristeza.