La memoria traiciona a la razón, dejándose inflamar.
La imaginación se enquista, dominando la vista, el sonido, el olfato, la piel.... el paladar.
Cuantas veces la misma calle sonó aburrida... y asomaste tu figura grácil por esa ventana.
Los colores fueron pocos y cada ladrillo perdía polvo.
Las telarañas fueron encajes y las grietas peldaños... hasta tus labios.
Las telas extendidas se arrugaron entre los pliegues y esfuerzos, de dos pieles revueltas.
La invitación pasó de entrar a quedarse dentro... en un interminable momento sin manecillas.
Fricciones que buscaban apagar intensos calores.
El viejo reloj de péndulo perdía a cada instante su sincronía...
acelerando y frenando, raudo y calmado...
queriendo a la vez avanzar y detenerse para no llegar jamás...
al agónico tiempo sin espacio.
...
La imaginación se enquista, dominando la vista, el sonido, el olfato, la piel.... el paladar.
Cuantas veces la misma calle sonó aburrida... y asomaste tu figura grácil por esa ventana.
Los colores fueron pocos y cada ladrillo perdía polvo.
Las telarañas fueron encajes y las grietas peldaños... hasta tus labios.
Las telas extendidas se arrugaron entre los pliegues y esfuerzos, de dos pieles revueltas.
La invitación pasó de entrar a quedarse dentro... en un interminable momento sin manecillas.
Fricciones que buscaban apagar intensos calores.
El viejo reloj de péndulo perdía a cada instante su sincronía...
acelerando y frenando, raudo y calmado...
queriendo a la vez avanzar y detenerse para no llegar jamás...
al agónico tiempo sin espacio.
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