Mi madre y yo éramos un solo espejo,
un mismo río,
una misma avenida;
juntas transitábamos la selva dura de la vida.
Yo descansaba en su sol de ternura,
bebía los consejos de sus maternales fuentes,
seguía el mismo ideal.
Un día voló como paloma hacia el cielo,
y desde entonces,
mi corazón quedó vacío,
sin espejos en que mirarse,
sin luz en qué alumbrarse,
sin sol en qué calentarse,
Y ya no fui la misma.
Sin ella
me sentí huérfana pajarita sin nido;
la vida perdió un poco su sentido.
Hoy la recuerdo con cariño
haciendo trabajos para los niños,
cocinando apurada el almuerzo de la entrega;
en el colegio y la cocina: brega y brega.
Madre, tus espejos resucitan hoy claramente,
te quedaste grabada en los vidrios de mi mente;
sueño que algún día pueda volver a verte.
Autora: Edith Elvira Colqui Rojas-Perú-Derechos reservados