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Todos mis espacios
se llenaron de silencios,
sólo un camino desierto
se abría a mi mañana.
Se tendió una sombra
abrazada a mi garganta
y me quedé sin voz.
-No te abandones nunca-
susurraste a mi oído,
y en tus brazos
apoyé mis miedos.
Caminé de tu mano, ciega,
día con día, en esa batalla
que yo no quería luchar,
sumida en mi desgana,
con el olor a madera
que desprendía de tu piel
como único guía.
Hoy, después de un largo andar,
amaneció un nuevo mañana,
con el rosa abrochado a mi pecho
-Siempre te dije que podrías –
Me sonríes, y yo no puedo
dejar de mirarte.
Ana Mercedes Villalobos
Todos mis espacios
se llenaron de silencios,
sólo un camino desierto
se abría a mi mañana.
Se tendió una sombra
abrazada a mi garganta
y me quedé sin voz.
-No te abandones nunca-
susurraste a mi oído,
y en tus brazos
apoyé mis miedos.
Caminé de tu mano, ciega,
día con día, en esa batalla
que yo no quería luchar,
sumida en mi desgana,
con el olor a madera
que desprendía de tu piel
como único guía.
Hoy, después de un largo andar,
amaneció un nuevo mañana,
con el rosa abrochado a mi pecho
-Siempre te dije que podrías –
Me sonríes, y yo no puedo
dejar de mirarte.
Ana Mercedes Villalobos