Cada verano vuelvo a nuestro pequeño paraíso donde no cabe la mezquindad ni las personas malvadas. Me balanceo en la hamaca colgada entre los árboles. El cielo puede ser azul o verde oscuro, depende de los pinos. A veces la brisa mueve sus hojas de aguja mientras echamos de menos que no caiga una sola gota del cielo porque las nubes pasan una a una sin detenerse. Al atardecer, el sol se deja caer por las montañas y entonces la vida parece tan simple como cuando la lluvia y el viento mueven las ramas.
El verano pasó. Sé que no podemos aferrarnos al tiempo aunque lo atemos a la muñeca y lo atrasemos.