Como en un templo abandonado, o en una iglesia
destartalada, la apariencia de la estación,
hace que te invada una sensación
de inquietud e imprecisa resignación. He ahí,
la estación de trenes. Donde tanto tiempo pasaste
cómodamente refugiado de calumnias y deberes,
protegido de los infames talleres agrícolas,
que te impedían desarrollarte plenamente; cuyo escaso
eco en tu familia, en ti y en todos los tuyos, hizo
que os empobrecierais simultáneamente.
Al recordarla, casi
puedes leer en ti el cartel de '' se vende''.
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