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poesía melancólica-.

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BEN. · · 0 comentarios poesía melancólica-.
Mientras los viejos aman

su enésima copa de cristal

y los labios se sumergen en

lagos empapados de asfalto,

y las credenciales del ciego

presentan su número de paloma extraviada,

y la piel depauperada exige tributos

sin afecto, con rencor, y se besan

con rozaduras las encías incisivas;

es allí donde mi cuerpo busca

la razón de un sufrimiento que evoca

bebidas artificiales y espumas agotadoras.

Es quizás el álamo calcinado que resiste

o el clamor mutilado de una fábrica de coches,

serpientes invasoras de labios carcomidos,

o esas fuentes inauditas que sacrifican y permiten.

Oh, me conmueven las flores de los océanos

iguales y distintas, flores de todos los barros

que atravesaron barcazas e ídolos supremos.

La cara del albañil que inaugura una mañana

y el afán de moscas que cagan la misma rutina.

Me gustan los bosques y la piedra talada

el olor a muerte de la pintura de mi cuarto

y el óxido que imprime en mi nariz fragancias de naranjo.

Y así pasa mi tiempo, rodeado de azoteas y axilas,

viejas, vestigios de un tiempo remoto, buscando

la brisa que azota los mares y recubre el alquitrán

de las piernas rotas.



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Como un árbol, tu vida;

de cuyas ramas extraes hojas,

algunas venenosas, otras

simplemente, amargas.

Luces y contrastes, de una

vida larga, aunque no fructífera,

tal como te hubiera gustado.

Quizás, esa amargura a la que

ahora te aferras y cuyo origen

quisieras no conocer, sea mañana,

luz de altas horas profundamente

meditadas. Y no sólo pamplinas

delirantes de algún mal interpretado

deber. Sea. Mas no te aflijas

si toda tu vida entera, la pusiste

a resguardo de un pésimo centinela,

que nunca vio las estrellas. Sal

sal, y distráete con las hojas,

con las luces, con los remotos

placeres de ayer.



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Mucho sol anda

tras tus espaldas.

Divina sombra,

umbrosa, de tus

férreos ataúdes,

con tu afán celoso,

tropieza. Mientras,

la ley, en su insigne

insignificancia, da

muestras todavía,

de auténtica fortaleza.

Derriba portalones,

en tus paseos vespertinos,

y ve, en una caracola,

níveos pasos sometidos

al furor del clima y de los tiempos.

Demasiado sol anda tras

tus espaldas, sí, ¡cómo si,

desde entonces, no

hubiera nevado!



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No es el reino del amor éste

que tanto alaban ministros y secuaces

parecidos; no es el reino del amor

aquel que tanto pronosticaran en épocas

pasadas revoluciones y tópicos a granel.

No es el reino del amor, ese que tomó forma

bajo alas siniestras caracterizadas como familias.

Ni fue el reino del amor, aquel que con traje

de domingo nos prometieron antaño: cuando

todos éramos bastante tristes y lampiños.



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Llevaba un alma anhelante.

Un alma suplicante, vagabunda.

Herida. Cada noche, paseaba

su alma moribunda, un cuerpo

apenas, por las verjas doradas del

día. Desconocía aún las presas fáciles

del águila, los lamentos del alma sujeta

a su corporal peso. Lamentaba a su vez,

las noches perdidas, las interiores mañanas,

los cielos azules más escasos, las marañas

de besos que a otros pertenecían. Llevaba

un alma errante, profética, de tenues manos

amarillas, los labios, siempre abiertos

a la vida.



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BEN. · · 0 comentarios poesía melancólica-.
Página en blanco que no dices nada,

página solitaria que apenas sacudes

mi alma con palabras o lumbres.

Te quedas quietas como el agua del pozo,

serena, esperando que se apropien de ti,

sílabas, sueños, quizás brumas reiteradas.

Página en blanco que apenas señalas

rumbos, direcciones o cicatrices que enmendar;

que eliges el silencio y me pones tontamente

a dialogar.

Página, página en blanco, preciosa, cuya

albura, ¡nunca debiera ensuciar!





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A quién importa mi voz?

Esta noche de multitud de estrellas

copando el cielo con la lentitud

de su osadía, estrenando la paralela

de las ciudades, con su eternidad

mezclada de luces sobre garajes harapientos,

me instan los ecos indefinidos de otras

voces ya desvanecidas, como un ulular

polvoriento de voces en multitud derribada.

Tanto me he perdido, que

cómo voy a encontrarme?

Ahora, mientras observo en la página,

cómo ésta mezcla letras y lágrimas,

la vieja canalla busca el aliento en mis

besos. Sí, la vieja canalla....©
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De rutina llevo el cuerpo lleno.

De hambre de otra vida y de blasfemias

a lo lógico. De sótanos de agua

y de estanques primaverales, mi alma

no se cansa, aunque sé, que miento.

Soy como un leño baldío e inflado.

Soy ese mismo leño cuyo crecimiento

no vale nada. De monotonía, y de hambre,

llevo mi cuerpo lleno.





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Golpeas el cuerpo

y surge el agua, de improviso,

como un charco de estrellas,

o como una cesta de diagonales acequias

que se transmutan y se pierden en lontananza.

Horizontes que conservo

en mi vista delicada, sombras

que ejercitan su memoria de flor

en mi vida: te llevo, dentro del agua.

Dentro del agua, te llevo. Madre.



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Siglos de ruidosas tiranías

de esqueléticas hambrunas

de desidias y molicies

de documentos partícipes

de molestas decisiones,

siglos de ruinosas oligarquías

de protestas en la calle

de manifestaciones acaecidas

en lindas procesiones,

de millares de voces

secuestradas a la pureza.

Siglos de emancipaciones,

de yugos invertebrados,

de invisibles apologías,

de sensateces absortas,

de conmutaciones de pena,

de alegrías inexactas.

De tristezas en la autopista.

Siglos de invariables promesas,

de reinados del miedo, de

sangrías en los hospitales,

de mesas redondas utilizadas

como campamentos médicos

improvisados, siglos de huecos

en el estómago, de gente inválida,

sin apariencia de ser.

Siglos de imperceptibles latigazos,

de estrellas rodantes, de brazos e hipocampos,

de retaguardias cubiertas por lazos invencibles.

De aves guarnecidas por los blasones del campo.

Siglos, siglos, siglos, de polvo, de ceniza,

de risas acantonadas en el lodo de las avenidas.

Y siglos esperando un conato de rebeldía,

de revolución verdadera, para nada, para nadie.

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BEN. · · 2 comentarios poesía melancólica-.
Ah sí existen los sonidos

Los maravillosos sonidos

El ruido interno del exterior

Lo que acude en salvamento

De una patria interior hundida.

Ah sí, son los sonidos característicos

De la lluvia, del sol, la brisa, el aire,

La nube concéntrica, el rayo inverosímil,

Los pétalos rociados de gasóleo, ah, todo

Esto existe, fuera, lejos de mí, en el trecho

Que va de mí a mí. Las plegarias pagarán

Un alto precio por celebrar la miseria que

Circunda el estanque, para siempre detenido.

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BEN. · · 0 comentarios poesía melancólica-.
Y qué tristeza da dejar las cosas

de lado, cuando sucede el verano

y las tiendas de enfrente se llenan

de secuaces militares olvidando

repentinamente el pasado, de ambulantes

colegialas que reiteran su pacto insufrible

con el tiempo, es retirar el vendaje

de las cosas, las ocultas, verlas

con melancolía. ©
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