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Es un antiguo, secular, quizá infinito desfile de viejas banderas derrotadas.
Inasequible al tiempo, frío y oscuro como un río sin nombre, pasa bajo las ventanas hueras de la historia, bajo los mismos puentes de antaño y lleva en sus frías manos como rosas doloridas, banderas derrotadas.
Somos un ejercito sin fin vencido una y otra vez, mientras dure la lucha.
Caeremos una y otra vez en avalanchas, sepultándolo todo, llenando el espacio vacío de gritos tan atroces que ya nadie los escucha.
Pervive la esperanza de que exista algún lugar en el que ya no sucedan las horas y el espacio se detenga mirando la mañana, y las rosas renazcan camino de otra aurora, y las viejas banderas sean algo más, que vencidos harapos escarnecidos al viento.