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El confesionario

Discussion in 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' started by Kein Williams, Mar 6, 2026 at 6:05 AM. Replies: 0 | Views: 17

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    La iglesia de San Miguel Arcángel se alzaba en las afueras de una pequeña ciudad olvidada, un edificio antiguo de piedra gris cuyas vidrieras polvorientas apenas dejaban pasar la luz mortecina del atardecer. El padre Antonio Ruiz, un hombre de sesenta y dos años, corpulento pero encorvado por el peso invisible de sus secretos, ocupaba el cubículo del confesionario. Su sotana negra estaba arrugada, con manchas de sudor bajo las axilas, y su rostro —pálido, de mejillas hundidas y ojos rodeados de ojeras perpetuas— delataba el agotamiento de una vida dedicada a predicar virtudes que él mismo profanaba en la oscuridad.

    Era sábado por la tarde, hora de confesiones. El padre Antonio reprimió un bostezo mientras esperaba. El aire estaba cargado de incienso, mezclado con el olor a madera vieja y cera quemada. De pronto, la celosía del compartimento contiguo se abrió con un chirrido suave.

    —Bendígame, padre, porque he pecado —dijo una voz masculina, ronca pero serena—. Han pasado muchos años desde mi última confesión.
    El sacerdote se enderezó ligeramente y adoptó su tono pastoral habitual.
    —Dios te escucha, hijo mío. Desahoga tu alma.

    El penitente comenzó con lo previsible: pequeñas mentiras en el trabajo, envidia hacia un compañero, pensamientos lujuriosos con una mujer casada, algún hurto menor de material de oficina. Pecados cotidianos, los de siempre.

    —No es tan grave, hijo —interrumpió el padre Antonio con voz calmada, casi rutinaria—. Dios es misericordioso. Reza tres Avemarías y un Padrenuestro, y promete enmendarte.

    Pero la voz lo detuvo en seco.

    —Un momento, padre. Aún queda lo peor. Un pecado que he cargado durante décadas. Un secreto que me quema por dentro.

    El sacerdote frunció el ceño. El silencio que siguió se hizo denso, como si el aire se hubiera vuelto plomo. Un escalofrío inexplicable le recorrió la espalda.

    —Habla sin miedo, hijo. Aquí estás a salvo. El sello de la confesión es sagrado. Inquebrantable.

    La voz bajó hasta convertirse en un susurro siseante que parecía filtrarse por la rejilla como humo frío.

    —He visto cosas, padre. Cosas que se hacían en las sombras de esta misma iglesia. Recuerdo aquellas manos temblorosas sobre los monaguillos en la sacristía, después de misa. Susurros de que era un secreto entre ellos y Dios. El llanto y las advertencias de que, si hablaban, arderían en el infierno por toda la eternidad.

    El padre Antonio se quedó helado. El corazón le golpeó el pecho con fuerza. Intentó moverse, pero el terror lo clavó al asiento.

    —No… eso no es… —balbuceó, apenas un hilo de voz.

    La voz continuó, implacable, con un matiz de placer contenido.

    —Y las beatas, padre. Aquellas mujeres devotas que venían a confesar sus dudas. «Consoladas» en el sótano, detrás de las pilas de biblias olvidadas. Rompiendo votos matrimoniales, el noveno mandamiento.

    El pánico le atenazó la garganta. Sudor frío le empapó la frente y el alzacuellos. Todo era cierto. Pero ¿quién podía saberlo?

    —No termina ahí —prosiguió la voz, ahora más grave, más íntima—. Ofrendas robadas. Contadas en el despacho. Los burdeles donde se alquilaba caricias. Y los niños, padre… esos a los que se les podía llamar hijos realmente. Más «afortunados» que aquellos a los que las monjas fueron obligadas a abortar y enterrar en la capilla. Condenados al Purgatorio. Las deudas del juego, pagadas con el dinero de los pobres.

    El padre Antonio jadeaba. Manos temblorosas sobre las rodillas, el cuerpo paralizado por un terror que lo anclaba como raíces. Quería gritar, huir, pero la iglesia estaba vacía; nadie lo oiría.

    —Lo peor… lo más íntimo —susurró la voz, casi con ternura cruel—. Es que no se me recuerda, padre. Claro, ahora soy mayor. Ya no soy apetecible como cuando tenía diez años y servía en el altar. Esas manos… ese aliento a «la sangre de Cristo»… la promesa de que Dios me perdonaría si guardaba silencio.

    Un sollozo ahogado escapó de la garganta del sacerdote. Era uno de ellos. Pero ¿cuál? Habían sido tantos…

    —¿Sabe quién hacía todo eso, padre?

    El sacerdote sentía que el corazón le iba a explotar.

    —Yo… yo… —balbuceó.
    —Vaya, veo que también está en confesión, padre.
    —Nuh… nuh… yo…

    De pronto se oyó movimiento. La puerta del compartimento vecino se abrió con un crujido. Pasos lentos, pesados, arrastrándose sobre el mármol frío. El padre Antonio se encogió, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que iba a estallar. Los pasos rodearon el confesionario. El pestillo de su puerta giró despacio. Luego la puerta se abrió de golpe. Lo que entró no era del todo humano.

    Era una figura alta, deformada, como si un cuerpo adulto hubiera sido maleado y retorcido por décadas de tormento interior. Su sombra se estiró antes que el cuerpo, oliendo a cripta húmeda. La piel, pálida y casi traslúcida, dejaba ver venas negras que pulsaban como raíces podridas. Las extremidades eran demasiado largas; los dedos, huesudos, terminaban en uñas curvas y afiladas. El rostro era lo peor: mitad humano, mitad algo infernal. Los ojos, hundidos en cuencas oscuras, brillaban con un rojo ardiente que mezclaba dolor infinito y odio puro. La boca se torcía en una sonrisa grotesca, mostrando dientes irregulares y una lengua bifurcada que se movía inquieta. De la cabeza brotaban pequeños cuernos retorcidos. Lentamente su presencia llenó el cubículo. No era un demonio del infierno. Era algo peor: un alma destrozada por el mal recibido, transformada en instrumento de una justicia tan personal como divina.

    El padre Antonio intentó gritar, pero la criatura fue más rápida. Las garras se hundieron en su cuello, desgarrando carne con un sonido húmedo. La sangre brotó a chorros, salpicando las paredes. El sacerdote arañó el aire mientras era levantado y estrellado contra la rejilla. Huesos crujieron. Las garras abrieron luego su abdomen en un surco rojo; intestinos humeantes se enroscaron en sus tobillos, pesados como cadenas de plomo. No fue rápido. La venganza fue lenta, meticulosa: uñas en los ojos hasta reventarlos, dientes arrancando la tráquea en gorgoteos. El padre Antonio se ahogó en su propia sangre, con un arrepentimiento tardío y vano como último pensamiento.

    Cuando terminó, el cuerpo yacía destrozado: torso abierto como un libro sangriento, extremidades torcidas en ángulos que rompen la física, y el rostro fue reducido a una máscara de carne desgarrada.

    Horas después, alertada por un feligrés que encontró la iglesia abierta de noche, llegó la policía. Los agentes entraron con linternas, y uno vomitó al ver el confesionario.

    En la pared del altar mayor, escrito con sangre aún fresca que goteaba lentamente —sangre del sacerdote mismo—, se leía en letras irregulares:

    «Pero el que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno, y que le hundiesen en lo profundo del mar».
    (Mateo 18:6)

    Un versículo que dejaba implícita una nueva confesión.

    Sabiendo lo que eso significaba, los policías se miraron en silencio. Solo el eco de sus pasos rompía la quietud de una iglesia ahora eternamente profanada.
     
    #1
    Last edited: Mar 6, 2026 at 6:05 AM
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